El Silencio de las Estanterías (Unas Cuantas Reflexiones Más o Menos Inconexas)

 El Silencio de las Estanterías (Unas Cuantas Reflexiones Más o Menos Inconexas) 



Ayer, al pasar delante de una librería –una de esas que aún quedan, milagrosamente, refugios de papel en el diluvio digital– pensé en algo que ya he pensado muchas veces, pero que ayer, por alguna razón, pareció cobrar una nueva resonancia. Pensé en el silencio de las estanterías. No el silencio físico, claro está. Las estanterías, como cualquier mueble, no emiten sonido propio, salvo, tal vez, un leve crujido bajo el peso de la acumulación. No, me refiero a otra clase de silencio.



Es un silencio contenido, un silencio latente, un silencio a punto de estallar en palabras. Cada libro allí colocado, cada lomo con su título impreso, es una promesa de voces, de historias, de ideas. Pero permanecen calladas. Esperando. Esperando a que alguien las rescate, las libere, las escuche. Y a veces, me temo, la espera se prolonga demasiado.


Pensé, por ejemplo, en un ejemplar de El Quijote que vi. ¿Cuántas veces habrá sido abierto, releído, amado? Seguramente muchas. Pero, ¿cuántas veces habrá permanecido cerrado, olvidado en un rincón, acumulando polvo y decepción? Es una idea triste, ¿verdad? La idea de que incluso las obras maestras pueden sufrir la indiferencia.


Y entonces, uno se pregunta, ¿qué sentido tiene escribir? ¿Qué sentido tiene esforzarse en encontrar las palabras justas, en construir frases complejas y significativas, si luego todo eso va a quedar atrapado en el mutismo de las páginas, esperando inútilmente una mirada que quizás nunca llegue? Es una pregunta que uno se hace, sobre todo, cuando uno mismo escribe.


Después, mientras caminaba hacia casa –hacía un día gris, como suelen ser los días en los que uno se hace este tipo de preguntas inoportunas–, me acordé de una frase que leí hace tiempo, no recuerdo dónde. Decía algo así como que un libro solo existe realmente cuando es leído. Antes, es solo una promesa, una posibilidad. Un objeto inanimado.


Y tal vez, ahí resida la clave. Tal vez, la verdadera misión del escritor no sea tanto escribir en sí, sino provocar la lectura. Despertar la curiosidad, generar la necesidad de abrir ese libro y dejar que su silencio se rompa en mil voces.


Aunque, claro está, tampoco hay garantías de que esas voces vayan a ser escuchadas o entendidas. Pero eso, como suele decirse, es otra historia. Y quizás, una historia para otro día. Ahora, prefiero dejar que el silencio vuelva a apoderarse de mí. Y de las estanterías. Por ahora.

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